Creer o estornudar.

Estándar

“Nunca se sabe qué tan intensamente se cree en algo hasta que su verdad o falsedad se vuelve un asunto de vida o muerte.”
CS Lewis

Si no fuera porque en Julio eran las vacaciones, con mucho gusto habría odiado ese mes.

En Julio, religiosamente empezaba la temporada invernal, en mis Termas de Rio Hondo, pero sobre todo era la apertura a mi maratón semestral de estornudos interminables, me dejaban sin aire, envuelto en una respiración asmática mientras mis ojos se llenaban de lágrimas de impotencia ante la imposibilidad de detener, tamaña situación, en mi pequeño tamaño de siete años.

En Julio, por ende, se reforzaba el peregrinaje a los alergistas, las inyecciones entraban en escena, decenas de vacunas experimentales se ensañaron con mis flacos brazos. Las enfermeras, agotaban los argumentos para entretenerme, ante los pinchazos que uno tras otro, semana tras semana, hacían de mi un autentico, tiro al…negrito.

Todos, pero absolutamente todos los intentos por detener la maratón de estornudos eran en vano, ni siquiera llegaban a darme un respiro de una semana.

La alergia se apoderó de mi existencia incipiente y se reía del inmenso equipo que buscaba darme paz.

En mi niñez, me revelaba a cualquier cosa, pero a esto no, con inmensa docilidad me declaraba derrotado entregándome a cualquier proceso, para generar el suceso de ganarle a la situación, que duraba exactamente seis meses ininterrumpidos.

Una vez me enteré que toda la “serie de vacunas” era solo para saber a que tenía alergia, para que desde allí puedan encontrar con que sanarme. Fue un momento de gran angustia donde me sentí una auténtica rata de laboratorio.

Mi alergia ya era una cuestión que excedia a mi y también a mi familia. Los vecinos opinaban, los proveedores y clientes de mi padre, aportaban sus diagnósticos y pronósticos.

…Seguro que es reacción a polen.

…Debe ser por el polvillo.

…Es por el frío.

…Se le pasara solo cuando sea adolescente. Y así las conjeturas profesionales y vecinales, llenaban una interminable lista de pestes que respaldan la pésima sinfonía de achíses.

Yo era dueño de mis estornudos y por ende tenía derecho a deducir un diagnóstico, pero no me anime a contar mi descubrimiento, por miedo a que me internen por otra enfermedad. Entre estornudo y estornudo me fui convenciendo que tenía alergia a los turistas, que como abejas llegaban y hacían de Julio un mes nefasto para mi, pero próspero para todo el pueblo.

Con la alergia salíamos de viajes sanitarios a Santiago a Tucumán y hasta al hospital Durand de Buenos Aires que hizo su intento y… nada. Cada vez estaba más convencido que los turistas eran los que me traían la alergia y qué me tendría que acostumbrar a ella de por vida.

Pero en mi pueblo, todo era magia y a solo 15 minutos de la puerta de mi casa, el NIÑO ARMANDO, con una botella de alcohol y dos pastillas de alcanfor, todo lo sanaba.

¡¡¡Y nada de análisis, ni inyecciones ni enfermeras gordas!!!

El curandero del momento tenía a jaque a los laboratorios multinacionales y era prácticamente nuestro vecino.

Mi madre, Doña Ana, no lo dudo y al paraje La cañada, fui a parar con mis cortos huesos, los ojos llorosos, la nariz roja y el pecho agitado.

La gente llegaba en cualquier tipo de transporte, caballo, sulky, auto, camión y hasta ómnibus repletos de sufrientes de algo que arribaban en búsqueda de la poción mágica.

Llegamos a las tres de la mañana, para conseguir turno. Unos papelitos idénticos a los de las rifas de mi escuela.

-Me dieron el 57 – le cuenta mi madre a una señora desconocida, compañera de espera.

-Es muy milagroso el niño, me dijeron que vino la esposa de un militar, que la trajeron en un helicóptero con escarapela, venía con bastones y se fue caminando- Contaba la desconocida-

El niño atiende en una pieza de adobe blanqueado con cal. Los ya atendidos salían más alegres, aferrándose a la botellita de alcohol.  Algunos llevaban varias, para otros dolientes que no pudieron venir; me enteré por la señora desconocida que no paraba de enumerar milagros.

En la sala de espera al aire libre y en plena noche alumbrados con un fogón y unas luces a gas, se ofrecían, tortillas, chipacos, “sanguches de milanesa”, gaseosa Secco y de postre rosquetes. También mate cocido en latitas de durazno al natural. Y como si fuera pocos huevos caseros, el niño Armando era un generador de abundancia y prosperidad para ese pedazo del monte santiagueño.

Al lado del consultorio otra habitación de adobe, pero pintada de celeste patrio adentro, una virgen llena de adornos, desde tules a flores de plástico pasando por un sinfín de chapitas con forma de órganos, dejado por los que ya fueron sanados en testimonio y agradecimiento.

La virgen es la receptora silenciosa de “la voluntad” que puedas ya que el niño Armando no cobra pues su poder proviene de la virgen que cura a través de él.

-Hay que aportar a la virgen para que ella le ayude a él– me decía mi madre como si yo entendiera lo que estaba viendo, sintiendo y ya escuchando, pues el gallo envidioso empezaba a despertarse y no quería hacerlo solo.

De repente una mujer con pelo entrecano orgullosa de su edad, llamó con un grito.

-Que pase el 57-

Mi madre de un salto ya estaba en el umbral del consultorio y yo flameando de su mano izquierda, ya que, en su derecha, envuelto en papel de diario, la silueta del alcohol Frau y la ristra de alcanfor, están sujetados con profunda expectativa.

El niño no parecía niño, pensé en silencio que era el padre de el niño, pero era él, allí delante mío, en ese espacio, a media luz del amanecer.

El Niño Armando, con un sombrerito claro, en el cuello muchas cruces brotan de una camisa oscura, un cinto grueso sujeta una cintura poco afecta a la gimnasia, el pantalón claro Oxford, como el de mi hermano remata en un ruedo que acaricia a unos mocasines, que en algún momento fueron negros y ahora… grises por el suelo de tierra indomable.

El escucha paciente mis penares, magistralmente relatado por mi madre, fiel testigo de mis crisis nocturnas.

Su mano está apoyada en una mesa cubierta por un mantel de hule floreado. Estamos los tres uno al lado de el otro, yo en el medio.

Él levanta su mano derecha sobre mi cabeza, dice algo, creo que es un rezo. (No puedo saber lo que nunca hice.) En el acto me dio un miedito y pensé… ahora desaparezco y…para siempre.

-Bien Doña Anita, hágale tres fricciones antes de dormir con este alcohol con alcanfor y se curará inmediatamente- Sentenció el niño con una seguridad que hasta miedo daba.

Inmediatamente con un veloz movimiento abre la botella y hace trizas las pastillas de alcanfor y las introduce en el alcohol que inmediatamente empieza a expulsar unas burbujas blancas que se derraman en el mantel.

Cada segundo que pasaba, más sentía que estaba por desaparecer mi vida en ese mismísimo momento y lugar.

Me aferre a mi madre con mis dos manos.

El niño seguía rezando y empieza a hacerse lo que la gente hace cuando pasa delante de una iglesia. Me acaricia la frente y con su mano santa peina mis rulos rebeldes, de la noche en espera.

-Aaah doña Anita, hágalo “oler” la botella tres veces al día. Toda ira muy bien. – Asegura el Niño Armando mientras nos despide.

El tratamiento empezó de inmediato, la primera “olida” fue a los 5 minutos y hasta las noches fueron más, preparándome para las fricciones nocturnas de las ansiosas manos de mi madre obsesionadas por darme paz.

No desaparecí, pero si desapareció doña alergia, nunca más vino en Julio ni en ningún mes, empecé a querer a los turistas y a creer o … estornudar.

Capítulo 15 de mi próximo libro El ruido de las alas.

Aquí van algunos de los agradecimientos hacia el Niño Armando.

Hace unos años ya no está físicamente, pero el GRACIAS!!! lo sobrevive.

4 comentarios en “Creer o estornudar.

  1. Que bueno Isra!!! Y como no. Cuando una madre ya no sabe que hacer, toma mano de lo que venga jaja.
    Me hiciste acordar cuando mi primer hija maria Laura tenia 2 años se cayo a una cuneta profunda en una calle de tierra y no camino mas . Pasaron 20 días. La lleve a medico que me dijeran. Hasta fui ver un traumatólogo muu bueno por entonces en cba dr. ALMARAZ. ni modo. No caminaba. No encontraban nada.
    Por entonces se hablaba de Pasculito. En villa guillermina santa fe. Alla me llevo mi padre,Hector con toda la familia. Todos amontonados. No importaba nos iba a curar cualquier cosa que tuviéramos. Fuimos en un renault 9. Íbamos papa.mana, Laura Ricardo Raúl , Mlaura y yo. Nos toco numero 48 . Habia colectivos autos. Una cola impresnante . Y 548 numero persona para atendernos. Pasamos una noche esperando. Para ir baño a buscar campos. Dormir chicos vaciaron baul y se acostaron los dos ahi. Eran terribles. Cuando nos atendio. Entregamos alimentos que era lo que pedía. Y pasamos. No se que fue a cada uno ponia su mano sobre la cabeza si tocarnos y decía oraciones. Cuando paso con nena. Dijo algo que no entendí. Se soltó de mis brazos y salio corriendo con sus tios. Y ami me dijo bendigo tu amor de familia y hogar.
    Yo sali todos muy sorprendidos. De no caminar. De pronto asento pies en suelo y salio corriendo.
    Volviamos hablando de Pasculito y la experiencia. Yo ia re mal en rl viaje. Con vómitos y me desvanecia por momentos.
    A los dias me tenía que operar de quistes de ovarios. Fui hacerme eco que ne pidieron y los quistes ya no estaban. Nadie entendía nada. Como era posible sin tratamiento. Y cuando sali consulta me rei internamente pensando que fue Pascualito. Si hasta le cambio grupo sanguineo a mi mamá. Jaja. Bueno me trajiste buenos recuerdos.
    Gracias Isra

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