La mano del adiós.

Estándar

Oh uno, oh nadie, oh ninguno, oh tú:
¿Adónde iba si hacia nada iba?
Oh, tú cavas y yo cavo, yo me cavo hacia ti,
y en el dedo se nos despierta el anillo.

Paul Celan

Es suficiente que la noche se haya prolongado, más de la cuenta, para que la cama del negocio funcione como escudo protector de los trasnoches. Esa fue una de aquellas veladas donde los ojos de los madrugadores podían ver mejor que los míos que se obligaban a estar abiertos.

– Es mejor quedarse a dormir en el altillo- me decía mi dialogo interno con voz cansada.

Ya, en la habitación, había que acomodar un poco las sabanas, golpear la almohada para fabricar el hueco donde apoyar los pensamientos, y a acunar el cansancio, cerrando las pestañas sedientas de sueño.

Ellos solían llegar demasiado temprano, para mis tardanzas. Las medialunas debían ser horneadas con puntualidad. La división de tareas era algo sobrentendido; mientras mi mamá preparaba los mates, él se ocupaba de los números para afrontar los vencimientos del  día.

(Uriel duerme arriba ejercitando mil formas diferentes de atrapar sus sueños.)

De repente, un grito despierta hasta los huesos.

¡Uriel, baja, papá se descompuso!. Sentí retumbar mi pecho y una fuerza ajena me catapultó. Encontré su figura de rodillas, en el suelo. Sus manos parecían contener el crujir de su lado izquierdo. Se arrugaba su camisa, con la fuerza del puño  tembloroso que intentaba sin éxito que bombeara mas su corazón, el mentón apuntaba al techo, la nuca se entregaba, el torso abdico y las piernas se relajaron mas de la cuenta. Sus ojos se cerraban, odiando la partida que lo vencía sin revancha.

Mi madre, congelada,  silenciosa observaba la despedida. Yo retenía con fuerza su espalda sobre mi pecho adolescente que ni imaginaba la orfandad que venia. Su cabeza en mi hombro desnudo, su barba de dos días raspaba mi mejilla reclamadora de afecto. Un ronquido intentaba el último mensaje. Sus ojos celestes se estrujaban y distendían en instantáneos pantallazos de vida. Sus labios apretados convertidos en mármol glaciar todo. Su pecho contenía un corazón destrozado que suplicaba aire. La mano…esa mano, la del rubí, apretaba la mía con terrible intensidad, en tanto, el roce ya solo de mi cara acompañaba desde afuera el viaje de él. Y, de repente, la dolorosa calma todo lo convertía en silencio. Su cuerpo amurado al mío cobró un peso inusitado. Su mano, que me ceñía, se transformó en fugitiva caricia protectora, la última.

Los tres  estábamos solos,  como en la vida, mamá siempre de pie.

Las alas no daban opción, debían asumir el vuelo. El plumaje de pichón adquiría la forma de un ave de verdad que debía volar planeando culturas, aterrizando en razas, despegando desde idiomas, carreteando las vías, encontrando para vivir metas, el propósitos, sentidos.

Y me vino la pregunta…..

¿Cuándo se despide a un padre para siempre?

Fragmento de mi libro “El ruido de las alas”un niño que soñaba con cambiar el mundo.

Homenaje a todos los padres que sobre-viven .

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                            Gracias David Cinman.

12 comentarios en “La mano del adiós.

  1. en mi primer día del padre sin mi viejo, me reconforta tu relato
    y enfoco en la bendición inmensa de tener dos hijos maravillosos
    gracias
    PAZ, shalom, y salam aleicum amigo Isra

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  2. Hermoso… después de 4 años , de la pérdida de mi padre, todavía no encontré la respuesta a esa pregunta… Gracias y más gracias! Abrazo desde el pago.

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  3. Gracias por tan bello relato – Pase por exactamente lo mismo hace tantisimo tiempo y creo que nunca se lo despide para siempre – Sobre-viven por suerte

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  4. Querido Isra…a mi padre lo piso un camión y en esa agonia que acabo con su vida,no existe mejor descripción que la que hiciste”Sus ojos se cerraban odiando la partida que lo vencio sin revancha”…..si me preguntas cuando se despide un padre?NUNCA ES SOLO UN HASTA PRONTO te abrazo desde el alma gracias por hacermelo recordar sin lagrimas solo con un pequeño nudo en la garganta

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