Guitarra colorada.

Estándar

La aventura podrá ser loca,

pero el aventurero, para llevarla a cabo, ha de ser cuerdo.

Gilbert Chesterton

Durante las temporadas termeñas, desde Semana Santa hasta el Día del Estudiante, recalaban en el negocio de mis padres innumerables “hablantes raros” que dialogaban continuamente con mi papá.

Ante mis preguntas, me informaron que eso era “idish”. La noticia trajo nuevos interrogantes a dilucidar: ¿qué era idish?, ¿por qué hablaban ellos así, si existe el español? Esos sonidos me atraían de sobremanera y dos palabras, Bobe y Zeide, iniciaban el inventario de mi incipiente cultura políglota.IMG_1012

Uno de esos raros parlantes era una señora. Su nombre era Sofía, y su apellido,  Mar. Sofía de Mar era una visita habitual, en las temporadas turísticas y con sus atuendos brillantes atraía la atención. Vestidos plateados y/o dorados, tanto a la noche como a la siesta, era una especie de Greta Garbo polaca paseando por Santiago del Estero.

No solo sus vestidos merecen especial descripción, también sus colgantes larguísimos, hasta el hombro, con grandes piedras preciosas que se repetían en el collar estático sobre la loza de su piel. Sus caricias con uñas pintadas de rojo remarcaban las cutículas de esmalte blanco. Esas manos rojas y blancas fingían caricias sobre mí, -“un compromiso”, diría-, ya que yo era el hijo de David.IMG_1011

Doña Sofía era la cantante judía que año tras año arribaba con sus discos en idish para alegrar a la paisanada compuesta por los raros parlantes. “Directamente del productor al consumidor y por esta única oportunidad a precio de costo”, ofrecía nuevamente el “long play”… del año pasado. En casa había como media docena de ellos y, ante el asombro de mi madre por la reiterada compra, mi papá decía: “Hay que ayudarla, pobrecita”.D_Q_NP_4149-MLA2780197164_062012-X

Además, Sofía solía amenizar los baños termales con recitales vespertinos en el club judío local, el Scholem Aleijem. Y se podía cantar en idish… Lo más asombroso era que todos entendían. Eso era cosa seria. Bailaban, reían y, obviamente, la señora era más simpática en idish que en castellano.

Durante esas tertulias la bebida oficial era “tei con limene” (té con limón). ¡Bravo!, ya eran cuatro las nuevas palabras en mi inventario y se masticaba strudel de manzanas, jamás un sándwich, ni una Coca Cola. A pesar de estas carencias, se desbordaba mi asombro ante aquella isla polaca rodeada por un mar santiagueño.Belkys251009

A los fines de solventar los gastos, se remataba alguna donación procedente de un paisano rico. Sucedía entonces que el ganador volvía a donarlo y un mismo regalo pasaba de temporada en temporada. Y de paso cañazo, doña Sofía aprovechaba para vender sus discos que nunca se acababan.

Debo agradecer a la luminosa Sofía la inspiración para mí travesura artística. Gracias a ella y a la media docena de discos, aprendí la fonética del conocido tema “Hava Naguila” que se mareaba en el combinado WINCO de mi hermana Olga, mientras lo fijaba en mis neuronas flamantes. Una vez preparado y asistido por la roja guitarra plástica sin cuerdas, me lancé al estrellato.

¿Por qué yo no y Sofía, sí?

Busqué el escenario propicio. No podía ser otro. El Hotel Los Pinos, al frente de mi casa, con su gran mayoría de huéspedes judíos me pareció el lugar adecuado. Con la complicidad de Saúl, el conserje y Julito el piletero, me instalé en el pilar de entrada y ¡a cantar se ha dicho! Surgió un “Hava Naguila” abarrotado de “eses” que asantiagueñaba un idish indescifrable. Por música, solo un rasgueo plástico acompañaba la memorable canción.

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Los turistas no demoraron en rodearme entre el desconcierto y las risas. Uno sacó una moneda y la depositó en la boca del incompleto instrumento. El objetivo era cantar por las legendarias monedas de 5, 10 y 25 centavos. Lo que iba recaudando me demostraba que cantando podía lograr mis ambiciones. Esta idea comenzaba a fascinarme, al mismo tiempo que la preocupación también lo hacía, pues no había previsto un repertorio extenso y, a menos que pidieran bis, el show terminaría y con él… mis ganancias.

Mas no fue el limitado repertorio la causa de mi breve actuación, sino don David que pasaba por el frente y me clavaba sus ojos celestes -nunca los vi tan grandes- en un instante, Alejo, el empleado, vino a llevarme poco menos que de las orejas entre la risa y los aplausos de un auditorio asombrado.

Fue mi bautismo de fuego y, como si fuera poco, en el terreno de los raros parlantes.

 

¿Cuál fue tu atrevimiento que hasta hoy te sirve? #exploralo.

 

Capítulo XV de mi libro El ruido de las Alas de proxima aparicion.

 

 

 

3 comentarios en “Guitarra colorada.

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