Me acordé de usted !!!

Los que saben no hablan, los que hablan no saben.El sabio enseña con sus actos, no con sus palabras” Lao Tse

Jugar era todo un ejercicio. Desde el fútbol a las bolitas, pasando por completar el álbum de figuritas.

Recuerdo la búsqueda de la “difícil”, aquella que nunca salía. Este año, “la tarántula”, la número 66, era casi imposible de conseguir. Esta dejaba una pila de álbumes incompletos y por lo tanto frustraba la llegada al premio mayor: una lustrosa pelota número cinco de cuero en tajadas blanco y negro. Solíamos ir a los barrios vecinos para admirarla y envidiar al suertudo que la había conseguido.

¡Una tarántula llegó a cotizarse cien figuritas! Las bolitas tienen otro encanto. Buscábamos la parte del baldío más pareja y con una aplanadita de la “Pampero”, suela de goma, procedíamos a alisar algún desnivel. Luego, con un palito se dibujaba un triángulo y dentro de este era preciso colocar un puñado de bolitas. A siete pasos de allí, una raya imponía el límite de la puntería. Desde ese lugar tirábamos para sacar del triángulo la mayor cantidad posible e incrementar la colección, lisas, transparentes, multicolores, chicas, grandes, todas las bolitas servían, pero siempre había una que era la preferida para hacer puntería, la que traía suerte y nunca se apostaba.

Para comprar bolitas, ningún surtido superaba al del almacén de don Maraca. Se amontonaban en un frasco de mayonesa Hellmann’s de cinco kilos, al lado de la caja registradora, y te quitaban los vueltos.

¿La pilladita? Esa sí que te hacía correr, saltar, disparar. No había que dejar que el “pillador” te tocara. “¡Dale, rusito, corré que te agarran!”, avisaba en la vereda don Honorio, siempre apoyado en el viejo paraíso, robando aire para sus bronquios sedientos, vestido con su camisaco blanco, los pantalones con botamanga y unos lustrosos de cordones que no lograban disimular su arqueada parada.

El “basta de juegos” era anunciado por el apagón del letrero de la fábrica de papá. Justo a las nueve. En ese momento había que regresar. Se  veía desde lejos el neón anunciante de alfajores , más o menos a trescientos metros del lugar donde nos reunimos con la barra.

Volvía entonces bastante transpirado ya que las bolitas, las pilladitas o las escondidas no daban tregua.

Al llegar, esa noche muchos autos estaban en casa. “Seguro, una reunión de papá”, pensé. Y, efectivamente, en el living, había servido vino añejo de la bodega del sótano, fiambre estacionado, queso en daditos, berenjenas en escabeche, rodajas de matambre casero (ese que tiene mucho huevo), pan cortado y otras cosas hacían que los escarbadientes que se cruzaban cual  competencia de esgrima.

Yo conocía a todos los presentes, menos a un viejito que nunca lo había visto.

-Vení a saludar a don Arturo-, decía papá, mientras mamá traía desde la cocina una bandeja de platitos.

-Mi hijo, el menor-, dijo, al mismo tiempo que me presentaba al desconocido. Me acerqué y con un beso ligero, para que no notaran mis horas de correrías, musité:

“Buenas noches, señor”. Sentía que era alguien importante. Tal vez un gerente de banco o algún inspector que estaría tomándose unos baños por acá. El viejito respondió con un beso y unas caricias de abuelo sin nieto. Su pelo, totalmente blanco, tenía los laterales muy cortados, casi al ras, su nariz era carnosa con lunares grandes y los ojos escondidos que parecían decir: –“Y bueno, ya pasará”. Lucía traje príncipe de Gales con chaleco, que delataba uso intensivo por sus bordes serpenteados o por la… poca plancha. La camisa blanca, prendida de arriba abajo, sin corbata. Parecía vivir el silencio pero, al usar la palabra, en cortas intervenciones, los demás callaban y aún esperaban un poco después que terminaba, por las dudas acotara algo más.

Me esfumé lentamente, ya que los niños no deben escuchar conversaciones de grandes. Según los mayores, quienes creen estar capacitados para escuchar todo.

Cuando el señor “Don Arturo” se estaba por retirar, todos fuimos a saludarlo. Hasta Asunción, la cocinera, se apuró a limpiar sus manos en el delantal y extenderlas con timidez. Me acerqué y recibí otro beso con caricia que me despeinaba, con su mano izquierda, al mismo tiempo con la mano derecha sacaba del gastado chaleco un caramelo “media hora” que me dio como un premio.

Algunas mañanas Don Arturo pasaba por nuestra fábrica, retiraba UN alfajor y seguía las solitarias caminatas con sus manos atrás

El conocimiento de la vida me hizo descubrir, más tarde, qué importante era SER Presidente de la Nación y allí aclaré mi vieja intriga.

Aquel viejito de chaleco usado, el que me regaló un “media hora”, era sencillamente Don Arturo Humberto Illia.

Este es el capítulo VII  de mi próximo libro “El ruido de las Alas” lo comparto  después de una experiencia de hace unos días a la casa que Don Arturo dignifico.

¿ Tu persona es más que el rol que desempeñas ? #exploralo.

4 Comments

  1. Vaya si es un recuerdo
    Y umo como ese De un ser qie los que somos mayores recordamos siempre
    Un hombre campeon de la democracia que nunca se alejo del pueblo
    No importa la investidura importa la calidad de persona.
    Gracias por este recuerdo en estd oscuro y fresco domimgo!@

    Me gusta

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