“La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos.”
Antonio Machado
Ya el calor santiagueño es el dueño absoluto del almanaque. El sol desde muy temprano oficia de despertador al descanso nocturno en la intemperie. La ingeniería de mi madre, pone dos palos de escoba verticales en el extremo de la cama, oficiando de soporte para una colcha “haciendo sombra futura” y de esa manera poder dormir un rato más. Un rato más es un rato más.

Esta noche será diferente, no dormiremos al aire libre, hoy amaneceremos en el cementerio. Ess 1 de noviembre, el esperado dia de los muertos y en mi pueblo, se sale a poner velas en las tumbas de los que ya no están, pero …sobreviven.
Todos esperamos este dia como ese acontecimiento diferente, totalmente diferente. Entre mis amigos, planeamos juntarnos en la zona de la cruz mayor, jugaremos a las escondidas o a lo que salga en el momento.
Jugar en un cementerio es solamente un privilegio de niños especiales, en lugares especiales. La oscuridad alumbrada, da posibilidades de descubrir en la sombra, los movimientos lentos, lo también oculto y no tanto.
Ya bajamos del rastrojero y mis piernas se ponen ansiosas por empezar el anual raid de visitas , juegos y comidas.
Antes de entrar unas empanadas de Doña Antonia, ella se trasladó del viejo mercado, por esta noche solamente. Ella en impecable papel de estraza, te las entrega envueltas, para que no te ensucies y te puedas limpiar la boca, no hace falta ningún preámbulo, mi madre, confía en ella, ya muchos años nos viene alimentando en esta suerte de restaurante étnico permanente. También una botellita de la gaseosa local y antiimperialista…la famosa Secco tradicional, acompaña el combo de santiagueñidad.

Mi padre comprando 2 cajas de velas golondrinas, esas que viene en atados de 4 y en cada caja 20 atados o sea cientos de velas, para poner a cientos de tumbas. Lo más curioso es que mi familia no tiene a nadie enterrado aquí. Pero la sentencia de mi padre de todos los años es la misma.
-Me enferma que no hayan venido los hijos de Gómez-
Tan buena madre que fue doña Josefa y mira ningún familiar le puso una vela siquiera- y así sucesivamente.
-Vamos a ponerle velas a todos lo que no tengan, conocidos o no- Ordenaba mi padre.
Y de esa manera empezaba el raid justiciero de mi familia, alumbrando a los olvidados. Una experiencia única de reparación histórica verdadera.
Ya la noche empieza a ponerse espesa y cerrada, mientras que en mi pueblo, la velada nocturna en el cementerio ingresa en la mejor parte.

La cruz mayor comunitaria está titilando a pleno, allí se ponen velas por los difuntos que no están enterrados aquí , sería como mandar luz a distancia. Tantos coterráneos que en ansias de progreso encontraron la muerte lejos del pago.
Mis ojos, que todo lo quieren capturar, buscan los gestos de cada presente y vuelo imaginándome a quien está rindiendo recuerdo.
La zona está repleta de cebo, que se desparrama armando raras figuras regordetas en la tierra que todo lo termina deglutiendo, es como si las velas quisieran entrar en las entrañas de la mortaja tierra.
Busco el monumento de Lilianita, mi compañerita, atropellada adelante mío, aquella amiguita y compañera de folclore que la mató un camión en la ruta, acontecimiento que me conecto por primera vez con la sensación del abandono inentendible. Está su mamá, que me abraza fuerte y llorando, siento que la está abrazando a ella en mi y también empiezo a sentir mis lágrimas , mientras que las “golondrinas” quedan apretadas en mi mano como queriendo no dejarlas, para que Liliana vuelva, nos quedaron muchas fiestas patrias por bailar.

Mi padre ya encontró una familia amiga y está conversando de la vida y la muerte sentado en un panteón mientras fuma su enésimo Jockey club.
Mi madre sigue conversando con la mamá de Liliana, lo de siempre, que a los niños santos dios los lleva antes, que era un angelito que fue prestado por un tiempo. Cada vez que escucho eso me autodiagnóstico y me conflictua entre ser muy bueno y morir o ser un poco travieso y seguir existiendo.
Este día de los muertos se piensa que será diferente, pues dos familias totalmente contrarias del pueblo, nuestros Montesco y Capuleto vernáculos tienen cuentas por saldar. Las dos familias tienen carnicería y por ende son muy hábiles en el manejo de los cuchillos y desde siempre estuvieron peleándose, pero hace unos meses un Ibáñez mató a un Sosa y estos se las tienen jurada.
El panteón de los Sosa está muy concurrido y sale mucho llanto de allí, todos pasamos sin mirar con la vista, pero miramos con el cuerpo como queriendo estar más cercanos de donde esta el acontecimiento del año y los protagonistas sobrevivientes.
De repente y como un malón de «Sosas», salen gritando prometiendo venganza, van rumbo al panteón de los Ibáñez y nadie se quiere perder el capitulo.
Corremos de todos los lados, los gritos generalizados, hay gente que se cae, velas que se apagan, botellas que se derraman, asientos que sirven de pedestales para ver mejor, todo toma una acción única.
Ya se trenzaron a trompadas varios de ellos y amenazan con gestos de sacar armas, mientras las mujeres de ambas familias gritan desaforadamente.
Aparece inmediatamente la policía y con un tres tiros al aire, congelan toda la situación de una manera asombrosa. Siento mi corazón cabalgando y mi mano tomando la de mi madre.
El jefe de policía Don “pelao” Martínez, con el revólver en la mano y con un solo grito poderoso ordena:
-BASTA , se acabó, cada uno vuelva a sus tumbas!!!!
Y todos en absoluto silencio cuál almas en pena, le hacemos caso. Y nadie se animó a reírse de semejante exhortación.
Y mi pueblo seguía siendo lo mejor que me paso.!!!
(Capítulo xv de mi libro, “El ruido de las alas” pronto a publicar. )
¿ A qué ser querido hace tiempo que no alumbras?
¿ Cómo recordar a los que no están en estos nuevos tiempos?…aporta tu idea. Te leo.
























