Etiqueta: Termas de Rio Hondo.

  • Desde mi aula.

    Desde mi aula.

    «Siempre que enseñes, enseña a dudar de lo que enseñes.»

    Ortega y Gasset.

    Dos puertas grises, tipo placar, se extendían desde el zócalo hasta el techo dando la bienvenida al zoológico del aula. Cinco pedazos de madera oficiaban de estantes, allí, se podía encontrar artículos únicos e irrepetibles.

    Desde cascabeles, ratas pasando por arañas, murciélagos y hasta el fémur de un diaguita.

    Frascos variados fueron convertidos en exhibidores de especies. Los preferidos eran los de mayonesa, por la forma y sus diferentes capacidades. Las botellitas de remedio también se adaptan, especialmente para los insectos. Eso sí, las de color oscuro se utilizaban para «pillarlos», después había que pasarlos a las de vidrio transparente. Los que no servían eran los frascos tipo vaso de dulce de leche “Chelita”. Esos eran buenos para tomar granadina. Aunque las madres ni locas te dejaban llevarlos para las travesuras de la fauna propia.

    Para armar la exposición permanente, era necesario conseguir un poco de alcohol, unos cuantos recipientes y unos rótulos, esos que se pegan solos, sin engrudo, los color blanco con ribetes redondeados y cuatro líneas para que no te salga chueca la descripción.

    Cuando se capturaba un ejemplar, directo al frasco; bastaba un poco de alcohol para conservarlos, luego se tapaba bien y se rotulaba. El maestro dirigía la clasificación. Se debe escribir en este orden:

     Nombre común / nombre científico / quién es el cazador/ cuándo y dónde fue capturado.

    Con estas directivas, él nos colocaba en otra dimensión… la más atractiva de las experiencias. Y así observábamos: Lagartija (pleuro de los waltli), Domingo Sepúlveda, tres y media de la tarde, en el patio de mi casa”. O Sapo (discoglossus pictus), Alberto Villalba, ocho y veinte de la noche, en la vereda de doña Pila”.

    Hasta Darwin se hubiera maravillado frente a esta completisimas distinciones.

    Junto a estos animalitos de Dios, se ubicaban en el armario del aula distintos objetos, a saber: registros, libros, la pelota número cinco de los recreos, cuadros de próceres que se iban poniendo arriba del pizarrón, según el mes. Estos, a su vez servían como blanco de los dardos de aguja en plastilina. El de Cornelio Saavedra era el preferido, pues la cantidad de botones de su chaqueta permitían elegir previamente en cuál de ellos haríamos centro.

    Las escarapelas  se usaban pero al terminar el desfile patrio, retornaban al costurero forrado con papel araña azul, el que estaba al lado del “Alacrán (et rurales noxius), Rosa Núñez y mi hermano, dos y cuarto, cerquita del aljibe”. Informaba el rótulo.

    En el segundo estante platos, cubiertos tazas, todos bien acomodados esperando por un locro pulsudo o un mate cocido bien caliente. Este lugar era la parte gastronómica del zoológico.

    Un chanchito de yeso con jardinero rojo, remera a rayas y gorra pochito representaba el papel de alcancía del aula. “Lo que juntemos durante el año será invertido en un viaje”. Al final, lo recaudado en la abultada panza  nunca alcanzó para llevarnos a más de veinte cuadras de la escuela. Por lo tanto, este año nuevamente tendríamos que visitar el dique, ya conocido de memoria.

    Sobre la cara interior de la puerta izquierda, casi a la altura del estante de arriba, un clavo sujetaba una percha de madera que sostenía un guardapolvo reluciente y almidonado… el hábito de Bernardino, mi maestro poeta.

    Tenía los bigotes gruesos, entrecanos y prolijos, el índice de su mano derecha amarillo por la nicotina de los cigarrillos negros, los Imparciales 30, el nudo gordo de la corbata le ajustaba la camisa lavi-listo celeste. La línea del pantalón impecable, perfecta, una “Gillette”.

    Un “Buenos días, alumnos” era contestado con otro: “Buenos días, señor maestro” contestado todos de pie. E inmediatamente comenzaba la intriga. Nunca se sabía si empezaba con Lengua, Aritmética, Geografía, o… tareas para el hogar. Las clases de disección  podían ser minutos antes del almuerzo. Seguramente esta intriga se obedecía a una estrategia pedagógica que solo él podía manejar. El objetivo era mantenerse atento al desenvolvimiento de los sucesos.

    Inolvidable la visita a las parturientas en el dia de la madre. Materia SOLIDARIDAD.

    Para los apodos, nadie como él. Solía preferir el quechua y hacía de ello una verdadera introducción a la lengua nativa. De esta manera: chasquinchuia (chueco), atulo (tonto), koñalo (mocoso), guatudo (panzón), aumentaban nuestro léxico y nos convertía en bilingües.

    El bautismo de apodos en quichua no era propiedad exclusiva para los alumnos, también las maestras tenían su identificación telúrica , (que manteníamos en  secreto). Por ejemplo, la gorda gritona de sexto grado fue ungida por un sikila (culona) secreto que festejabamos al mirarnos en un silencio cómplice, frente a su paso redoblado que hacía tiritar las costuras del delantal.

    El maestro enseñaba con los retos. Había que tener preparado el “mataburros” (el diccionario Larousse), pues como penitencia ante nuestras travesuras era preciso buscar el significado de ciertas palabras (alcornoque, zopenco, prosaico, o jumento) y anotar prolijamente en nuestro cuadernos “Tamborcito” de 8 hojas.

    Entre quechua y español, mi escuelita del Alto se convertía en un centro idiomático telúrico único.

    Los censos que don Bernardino inventaba, eran excusas para llevarnos a pedalear por el monte. A los del campo les preguntaba lo habido y por haber,  nunca escribía nada, pero volvimos llenos de tortillas, arrope, tunas y otros manjares de tierra adentro.

    Entre pedaleo y pedaleo, solíamos tararear chacareras o contar leyendas y  ¿por qué no? A veces una parada repentina servía para pillar alguna “langosta (chaerodescansellata), Israel Cinman, seis de la tarde, censando en el monte”.

    Los censos?… ¡simplemente una expedición!

    Recuerdo las palabras del maestro Bernardino, ante una audiencia de trabajadores del monte que en silencioso respeto debajo del alero del rancho en pleno monte santiagueño lo escuchaban con amor y temor.

    “¿Por qué la manda a la María tan mapala (sucia)?”, “Dele aunque sea un pedazo de bombacha vieja al Américo para que se limpie la koña (moco)”, “No la siga haciendo cagar a la patrona que los changos me cuentan todo”, “Tengan cuidado con la vinchuca…”, y seguía el rosario. Después de esto menudeaban los verdes, acompañados por empanadillas y rosquetes. Desde allí, a otra casa para decir lo mismo: que las uñas, que los mocos, que los golpes, que las vinchucas y, al final, el mate cocido con guarniciones.

    El maestro tenía la autorización de nuestras madres para mandarnos “con las orejas en los bolsillos”, si era preciso.  Esos convenios me hacían tiritar y la posibilidad de volver a casa con los bolsillos ocupados y la cabeza más liviana, ponía límites a mis travesuras. Aunque peor hubiera sido que las pobres orejas terminan ocupando un lugar en los estantes, dentro de un frasco de mayonesa.

    Así era Bernardino Atilio Orellana, la tiza en la mano derecha, el puntero en la mano izquierda y una invitación permanente hacia alguna salida impredecible, a lo que, en definitiva, es la vida. O lo odiabas o lo amabas, no había gris y mucho menos olvido

    ¿Qué estás enseñando para vivir una vida que merezca ser vivida?

    Capítulo 23 de mi próximo libro El Ruido de las Alas …un niño que soñaba con cambiar los mundos.

  • Creer o estornudar.

    Creer o estornudar.

    “Nunca se sabe qué tan intensamente se cree en algo hasta que su verdad o falsedad se vuelve un asunto de vida o muerte.”
    CS Lewis

    Si no fuera porque en Julio eran las vacaciones, con mucho gusto habría odiado ese mes.

    En Julio, religiosamente empezaba la temporada invernal, en mis Termas de Rio Hondo, pero sobre todo era la apertura a mi maratón semestral de estornudos interminables, me dejaban sin aire, envuelto en una respiración asmática mientras mis ojos se llenaban de lágrimas de impotencia ante la imposibilidad de detener, tamaña situación, en mi pequeño tamaño de siete años.

    En Julio, por ende, se reforzaba el peregrinaje a los alergistas, las inyecciones entraban en escena, decenas de vacunas experimentales se ensañaron con mis flacos brazos. Las enfermeras, agotaban los argumentos para entretenerme, ante los pinchazos que uno tras otro, semana tras semana, hacían de mi un autentico, tiro al…negrito.

    Todos, pero absolutamente todos los intentos por detener la maratón de estornudos eran en vano, ni siquiera llegaban a darme un respiro de una semana.

    La alergia se apoderó de mi existencia incipiente y se reía del inmenso equipo que buscaba darme paz.

    En mi niñez, me revelaba a cualquier cosa, pero a esto no, con inmensa docilidad me declaraba derrotado entregándome a cualquier proceso, para generar el suceso de ganarle a la situación, que duraba exactamente seis meses ininterrumpidos.

    Una vez me enteré que toda la “serie de vacunas” era solo para saber a que tenía alergia, para que desde allí puedan encontrar con que sanarme. Fue un momento de gran angustia donde me sentí una auténtica rata de laboratorio.

    Mi alergia ya era una cuestión que excedia a mi y también a mi familia. Los vecinos opinaban, los proveedores y clientes de mi padre, aportaban sus diagnósticos y pronósticos.

    …Seguro que es reacción a polen.

    …Debe ser por el polvillo.

    …Es por el frío.

    …Se le pasara solo cuando sea adolescente. Y así las conjeturas profesionales y vecinales, llenaban una interminable lista de pestes que respaldan la pésima sinfonía de achíses.

    Yo era dueño de mis estornudos y por ende tenía derecho a deducir un diagnóstico, pero no me anime a contar mi descubrimiento, por miedo a que me internen por otra enfermedad. Entre estornudo y estornudo me fui convenciendo que tenía alergia a los turistas, que como abejas llegaban y hacían de Julio un mes nefasto para mi, pero próspero para todo el pueblo.

    Con la alergia salíamos de viajes sanitarios a Santiago a Tucumán y hasta al hospital Durand de Buenos Aires que hizo su intento y… nada. Cada vez estaba más convencido que los turistas eran los que me traían la alergia y qué me tendría que acostumbrar a ella de por vida.

    Pero en mi pueblo, todo era magia y a solo 15 minutos de la puerta de mi casa, el NIÑO ARMANDO, con una botella de alcohol y dos pastillas de alcanfor, todo lo sanaba.

    ¡¡¡Y nada de análisis, ni inyecciones ni enfermeras gordas!!!

    El curandero del momento tenía a jaque a los laboratorios multinacionales y era prácticamente nuestro vecino.

    Mi madre, Doña Ana, no lo dudo y al paraje La cañada, fui a parar con mis cortos huesos, los ojos llorosos, la nariz roja y el pecho agitado.

    La gente llegaba en cualquier tipo de transporte, caballo, sulky, auto, camión y hasta ómnibus repletos de sufrientes de algo que arribaban en búsqueda de la poción mágica.

    Llegamos a las tres de la mañana, para conseguir turno. Unos papelitos idénticos a los de las rifas de mi escuela.

    -Me dieron el 57 – le cuenta mi madre a una señora desconocida, compañera de espera.

    -Es muy milagroso el niño, me dijeron que vino la esposa de un militar, que la trajeron en un helicóptero con escarapela, venía con bastones y se fue caminando- Contaba la desconocida-

    El niño atiende en una pieza de adobe blanqueado con cal. Los ya atendidos salían más alegres, aferrándose a la botellita de alcohol.  Algunos llevaban varias, para otros dolientes que no pudieron venir; me enteré por la señora desconocida que no paraba de enumerar milagros.

    En la sala de espera al aire libre y en plena noche alumbrados con un fogón y unas luces a gas, se ofrecían, tortillas, chipacos, “sanguches de milanesa”, gaseosa Secco y de postre rosquetes. También mate cocido en latitas de durazno al natural. Y como si fuera pocos huevos caseros, el niño Armando era un generador de abundancia y prosperidad para ese pedazo del monte santiagueño.

    Al lado del consultorio otra habitación de adobe, pero pintada de celeste patrio adentro, una virgen llena de adornos, desde tules a flores de plástico pasando por un sinfín de chapitas con forma de órganos, dejado por los que ya fueron sanados en testimonio y agradecimiento.

    La virgen es la receptora silenciosa de “la voluntad” que puedas ya que el niño Armando no cobra pues su poder proviene de la virgen que cura a través de él.

    -Hay que aportar a la virgen para que ella le ayude a él– me decía mi madre como si yo entendiera lo que estaba viendo, sintiendo y ya escuchando, pues el gallo envidioso empezaba a despertarse y no quería hacerlo solo.

    De repente una mujer con pelo entrecano orgullosa de su edad, llamó con un grito.

    -Que pase el 57-

    Mi madre de un salto ya estaba en el umbral del consultorio y yo flameando de su mano izquierda, ya que, en su derecha, envuelto en papel de diario, la silueta del alcohol Frau y la ristra de alcanfor, están sujetados con profunda expectativa.

    El niño no parecía niño, pensé en silencio que era el padre de el niño, pero era él, allí delante mío, en ese espacio, a media luz del amanecer.

    El Niño Armando, con un sombrerito claro, en el cuello muchas cruces brotan de una camisa oscura, un cinto grueso sujeta una cintura poco afecta a la gimnasia, el pantalón claro Oxford, como el de mi hermano remata en un ruedo que acaricia a unos mocasines, que en algún momento fueron negros y ahora… grises por el suelo de tierra indomable.

    El escucha paciente mis penares, magistralmente relatado por mi madre, fiel testigo de mis crisis nocturnas.

    Su mano está apoyada en una mesa cubierta por un mantel de hule floreado. Estamos los tres uno al lado de el otro, yo en el medio.

    Él levanta su mano derecha sobre mi cabeza, dice algo, creo que es un rezo. (No puedo saber lo que nunca hice.) En el acto me dio un miedito y pensé… ahora desaparezco y…para siempre.

    -Bien Doña Anita, hágale tres fricciones antes de dormir con este alcohol con alcanfor y se curará inmediatamente- Sentenció el niño con una seguridad que hasta miedo daba.

    Inmediatamente con un veloz movimiento abre la botella y hace trizas las pastillas de alcanfor y las introduce en el alcohol que inmediatamente empieza a expulsar unas burbujas blancas que se derraman en el mantel.

    Cada segundo que pasaba, más sentía que estaba por desaparecer mi vida en ese mismísimo momento y lugar.

    Me aferre a mi madre con mis dos manos.

    El niño seguía rezando y empieza a hacerse lo que la gente hace cuando pasa delante de una iglesia. Me acaricia la frente y con su mano santa peina mis rulos rebeldes, de la noche en espera.

    -Aaah doña Anita, hágalo “oler” la botella tres veces al día. Toda ira muy bien. – Asegura el Niño Armando mientras nos despide.

    El tratamiento empezó de inmediato, la primera “olida” fue a los 5 minutos y hasta las noches fueron más, preparándome para las fricciones nocturnas de las ansiosas manos de mi madre obsesionadas por darme paz.

    No desaparecí, pero si desapareció doña alergia, nunca más vino en Julio ni en ningún mes, empecé a querer a los turistas y a creer o … estornudar.

    Capítulo 15 de mi próximo libro El ruido de las alas.

    Aquí van algunos de los agradecimientos hacia el Niño Armando.

    Hace unos años ya no está físicamente, pero el GRACIAS!!! lo sobrevive.